lunes, 3 de diciembre de 2007

más allá de toda oscuridad: socavando el poder de la razón iluminista


Más allá de toda oscuridad

Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella

Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él

Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre

Rosa Luxenburg

Hoy por hoy, me parece ya inapelable el planteo de que el binarismo sexual (varón/mujer) es un mito, es decir un aparato ideológico del establishment que como construcción social, produce una ficción cuyo objetivo es falsificar diferencias económicas, políticas, ideológicas como hechos naturales, y de ese modo, perpetuarlas. De allí que, aunque para la doxa, y las siempre falaces percepciones sensoriales, el binarismo sexual no existe a priori, por fuera o más allá de las relaciones sociales que lo determinan. A través de la repetición de esta noción contingente, como así también de toda otra noción sobre las que se asienta “comodamente” el mundo que hasta ahora hemos conocido (familia, propiedad, trabajo, et cetera), se logra la encarnación de las normas hegemónicas en cuerpos e identidades que se presentan como hechos naturales. Si bien el ejercicio mental que implica si quiera concebir eso de manera diferente es titánico, todos estos hechos son convenciones que tarde o temprano caerán en desuso, y serán reemplazadas por otras, más útiles a otro sistema. ¿Sin embargo, cómo se deshace esto? ¿Sólo por la voluntad? ¿Dónde están los sueños de cambio radical? ¿Cuáles son sus estrategias? La anarquía como sociedad organizada sin autoridad, entendiéndose por autoridad la facultad de imponer la propia voluntad, ha demostrado poco interés por los modos y los medios que permitirían el logro de estos ideales.

La categoría moderna de “mujer”, tal como hemos sido advertidas muchas veces, no reconoce la subordinación en términos de raza, clase, elección sexual, entre otras cuestiones relevantísimas; su sombra, el género, término bastardeado hasta al hartazgo, especialmente en la academia, de acuerdo al feminismo clásico, es el set de conductas, contingentes también, que un sexo biológico reviste y comporta de acuerdo a cada período histórico. Sin embargo, el género, que tampoco es el mismo entre todas las mujeres, reduce e invisibiliza las otras categorías antes mencionadas: no se espera que una mujer modelo revista el mismo género que una mujer campesina cosechando en los arrozales. Pero seguimos afirmando que ambas son mujeres del mismo modo, aunque sus experiencias, e incluso sus cuerpos, se parecen sólo superficialmente, y suponemos que ambas son construidas por la misma mirada social del mismo modo, lo cual no es cierto.

Todo esto es en parte posible porque el discurso dominante del positivismo y el progreso moderno convirtieron en dioses a ciertas disciplinas, otrora pseudos humanísticas y/o filosóficas, que en la antigüedad grecolatina clásica servía solo para aliviar males. Aunque la postmodernidad, concediendo que exista, en su costado “bueno” conlleva la democratización de la desestructuración de las formas institucionalizadas del conocimiento, -aunque, a diferencia de Europa industrial, Latinoamérica se ahorró una revolución industrial y urbana y se condujo sin transición al mundo del consumo- , no socavó, especialmente en los países pobres, a la medicina y la biología, instituciones que, por encima de muchas otras, controla, normativizan y eliminan “lo que no es apropiado” en su sentido anfibológico: lo que no es “adecuado, correcto, propio” y aquello de lo cual no nos apropiamos. Más aun, podríamos trazar un juego de sentidos entre “apropiado” que en la critica literaria de la antigüedad es llamado “to prépon” (en griego) o “decus” (en latín), y el género (binarismo sexual, pero también literario) como ficción narrativa: lo que no es apropiado refiere a aquellos modos de narrar que no se someten a las reglas de la correcta escritura literaria, de la correcta ficción. De este modo, además de normativizar todos los cuerpos, la medicina y la biología encontraron un buen campo de acción entre todas aquellas personas cuyos cuerpos eran, al parecer, diferentes, aunque, como nos recuerda Laqueur, nada hay más parecido a un ser humano, biológicamente hablando, que otro ser humano. Es entonces que cobra relevancia, el tema de las personas trans, que ha desvelado, a favor y en contra, a las feministas por sobre otros muchos otros problemas, pidiéndole al movimiento, lato sensu, que lo venga resolver, en especial a lo que hace a la exclusión de travestis y mujeres trans, feministas o no, de los espacios para “mujeres nacidas mujeres”, o como quieran llamarlo.

Sin embargo, estas feministas excluyentes y segregacionistas ponen en evidencia no sólo la reproducción del modelo de segregación racial/física/corporal/de clase/ et cetera, que ya el feminismo había tenido con sus mujeres negras, judías, pobres, latinas, lesbianas y todos los cruces que se puedan imaginar; sino también quiénes se hacen presentes cuando se dice “movimiento feminista”, quiénes se dicen mujer bajo tales prerrogativas. Por otra parte, bajo el lema trans, aparecen las personas que desean que la medicina (uno de los brazos armados del capitalismo) y la biología (el sistema simbólico de apoyo de ese brazo armado) les intervenga quirúrgicamente el cuerpo, a costos a veces bastante elevados, para adecuar lo que sienten (mente) a lo que son/parecen ser (cuerpo). Se presentan como personas que “optan” por una nueva identidad, no reconocida aún, y golpean a gritos poder entrar tanto al género como al sexo: poder decir, ahora si, luego de que los médicos las habiliten como mujeres. Sus cuerpos pierden en ese proceso quirúrgico de adaptación todo lo que había en ellos de disruptivo; la manipulación de esos cuerpos se vuelve similar al de una mujer que se somete a una cirugía estética para adecuar (se) a lo que el modelo imperante y hegemónico impone como deseable para su “sexo”. No son las mujeres transexuales las únicas a las cuales me refiero. También están ahí sus hermanitas huérfanas y pobres, las travesti (fenómeno muy sudamericano, como identidad propia), y lxs transgénero, cuerpos que no querrían ni adecuar ni adaptar nada a ningún sistema. Discriminadas, segregadas, apartadas de reuniones feministas, junto con otras tantas expresiones de género, se reproduce con las personas trans (travesti, transgéneros y transexuales) lo mismo que la sociedad capitalista hace con las mujeres, al admitir, en los planteos mas modernos, que esa exclusión se fundamente en el hecho de que son aprehendidas y construidas por esa mirada social que no deja de verlas como lo que “realmente son”, no mujeres “reales”. De más está decir, como ya explicamos anteriormente, la mirada social no es homogénea para todas las mujeres. Además, esto se aplica a muchas mujeres que nos negamos desde depilarnos, hasta usar tacos, hacernos la tintura, o vernos como pinups todo el tiempo, como también se aplica a los varones mismos que no se aprendieron bien su lección de cómo ser varones correctamente. Y mi pregunta es: ¿la única manera de ser es “ser ontologicamente”? La mirada social, los grupos doctrinales varios, los aparatos de socialización del sistema nos construyen y destruyen todo el tiempo. ¿Por qué usar esa misma lógica en el interior de un grupo de lucha? Ahora bien, ¿es éste realmente un grupo de lucha? ¿Podemos llamarnos así cuando muchas feministas siguen pensando que hay dignidad en el servicio doméstico y por ende tienen empleadas para realizar esas tareas que ellas no quieren ( o no pueden, dirán), todas o casi todas, en negro, precarizadas laboralmente?

Sin embargo, mi principal problema tiene que ver con el deseo de muchas feministas de querer llevar adelante una vida “normal”, obtener una buena calidad de vida. Así visto, el feminismo, y cualquier identidad de género que pudiera ser objeto de reivindicación dentro de dicho movimiento, carece de todo el planteo revulsivo. Veo aquí la trampa de los derechos civiles y de la ilusión de la inclusión por la inclusión misma de toda expresión de género en el movimiento social llamado feminismo, trampa que la democracia, el mejor sistema de boicot de lucha haya creado hasta hoy. Ya la famosa anarquista Emma Goldman a principio del siglo XX había advertido de los peligros de confundir el derecho a voto con el poder de decisión y emancipación física y mental. Lo hegemónico se viene apropiando de las expresiones de género subalternas haciendo que todo lo que tenía de incivilizado perezca al ser tomado, debatido y aceptado por el Estado y sus instituciones (mientras creemos que toda descentralización de poderes es democratizante, crecen, más que nunca antes, la acumulación de riqueza y el poder en pocas manos). Lo subalterno se convierte, entonces, en proyectos de legitimación política cooptados por el sistema capitalista. Y dado que las feministas en prácticas y pensamiento se articulan cada vez más hacia el totalitarismo de derecha y de izquierda, me es menester hacer ahora un par de aclaraciones:

1. hay intereses propios a las clases, del mismo modo que hay intereses propios a las expresiones de género. No todos los intereses son compatibles por haber compartido genitales, experiencias o cualquier otra cosa, del mismo modo que no todos son opuestos por no compartirlos.

2. se puede defender inconcientemente los intereses de una clase que no es la propia (falsa conciencia). Del mismo modo que hay obreros que creen que está bien que los medios de producción estén en manos del patrón, hay algunos que nacidos burgueses, abandonan sus privilegios de clase y luchan por otra cosa. Lo mismo se puede afirmar de las expresiones de género.

3. el patriarcado no es un grupo constituido de varones únicamente. Por ende, es diferente a una clase social conformada por el tipo de individuos que alberga en su seno. Sin burgueses, no hay burguesía (aunque persistan sus prácticas autoritarias). Sin varones, seguiría habiendo patriarcado. El hecho de que el patriarcado no pueda ser subsumido a una categoría de individuos con ciertas características univocas, especialmente socio-económicas, lo torna más difícil de abolir, particularmente con herramientas institucionales.

4. los distintos feminismos no siempre responden a las mismas propuestas políticas.

5. la revolución ya comenzó. Y el hecho de que no podamos hoy dar por tierra con todas aquellas instituciones históricas no significa que no podamos al menos intentar no vivir bajo su preceptiva.

Pero volvamos al tema de la normalidad; si el cuerpo es un objeto político, social y cultural y no una naturaleza pasiva gobernada por la cultura, el sexo emerge desde el género, y no es el género el que emerge desde el sexo anatómico; se trata de un complejo mecanismo, una tecnología que define al sujeto como masculino o femenino en un proceso de normalización y regulación orientado a producir el ser humano esperado, normal, para asignarle una función social. Por eso, la importancia de desestabilizar las normatividad de las formas hegemónicas de la identidad sexuada y la búsqueda de nuevas definiciones del sujeto. En ese sentido, ¿cuál sería el objeto de los derechos civiles, de que nos acepte la sociedad, de que nos deje convivir, cuál sería el sentido de iguales derechos? ¿Iguales a qué? ¿A quiénes? ¿Iguales para quién? Más aun, ¿el deseo es acaso real, individual, efectivo, y depende de los sujetos, o está mediado y normativizado por nuestra cultura? El deseo, y sus objetos, que indudablemente ha variado a lo largo de la historia, viene de la mano de un concepto aun más peligroso, la elección, o libre albedrío que en términos filosóficos habla de la garantía de los sujetos individuales de expresarse libremente en un mundo de posibilidades, el concepto liberal de “autonomía de los sujetos” (vaya oxímoron!). De allí que el problema no sería, en mi opinión, tanto quiénes pertenecen al movimiento llamado “feminismo” (en cuanto expresión de género), sino, qué piensan quienes quieren estar dentro de él, o quienes están efectivamente.

Foucault llama policía al orden de los cuerpos que hace que una actividad sea visible y que otra no, que una palabra sea entendida como perteneciente al discurso y otra al ruido. Opone este concepto, la política como actividad que desplaza a un cuerpo del sitio que le estaba asignado, hace ver lo que no tenía razón para ser visto. Pero qué hay más allá de los cuerpos rebeldes y de las identidades nómades, de la performatividad como panacea que pone en evidencia lo construido (y por ende lo modificable) de las identidades de género y de su relación con el sexo, aunque demuestran corporalmente que la identidad es ficticia, qué conciencia operante habita esos cuerpos y a que intereses de clase responden? Y a la inversa, de qué manera actúan su ideología quienes aparentan tenerla. Como señala Terry Eagleton “Gran parte del postmodernismo es políticamente opositor pero económicamente cómplice”. En el análisis de Foucault, las prohibiciones y reglas que refieren a los comportamientos sexuales, lejos de reprimir o inhibir la sexualidad, la produce, tal como la maquinaria industrial produce mercancías o bienes de consumo, y al hacerlo producen también relaciones sociales. Las tecnologías del sexo de nuestra sociedad son un conjunto de técnicas dispuestas para maximizar la vida en torno a figuras privilegiadas.

Por otro lado, y lamentablemente, todos los días comprobamos que la explotación no es el único requisito para generar una conciencia de lucha; del mismo modo la opresión de género tampoco alcanza para generar una conciencia de género revolucionaria que modifique radicalmente a la sociedad toda en su conjunto, que convierte este mundo, no en un mundo mejor, sino en otro mundo. De hecho, la construcción del género continúa en los aparatos ideológicos del Estado puesto que representa no tanto a un individuo sino una relación social, es decir, al individuo en una clase, que pre-existe al individuo y está fundada sobre la oposición de sexos biológicos. O sea, el género es la representación de una relación de pertenecía a una categoría y una clase que asigna una posición en el seno de su clase. De allí, que incluso en ciertas clases contra hegemónicas, haya expresiones de género hegemónicas y dominantes. La ideología representa la relación imaginaria de los individuos con las relaciones reales en las que viven y que gobiernan sus existencias. Aunque el género siempre pertenece a la esfera privada y nunca a lo superestructuras, como la ideología determinada por fuerzas económicas y relaciones de producción, habría que poder empezar a pensar la analogía con la ideología. Althusser afirma que toda ideología tiene la función de constituir individuos concretos en cuanto a sujetos. Por su parte, el género tiene la función de constituir individuos concretos en cuanto varones y mujeres. No podemos seguir desentendiéndonos del género como ideología burguesa del género cuando ha jugado un rol fundamental en la construcción histórica de la división capitalista del trabajo y en la reproducción de la fuerza de trabajo, pero así también en la división de tareas, en la opresión y exclusión y explotación. Esta es la prueba precisa del nexo entre ideología y relaciones de producción. De todas maneras, opresión no es exactamente lo mismo que explotación y aunque género y clase pueden ser analizadas de manera similar no producen ni los mismos efectos ni puede ser desarticuladas con las mismas herramientas. En todas las formas históricas de la sociedad patriarcal estatal, inclusive la socialista, operan simultáneamente un sistema de sexo/género y un sistema de relaciones productivas con el objeto de reproducir las estructuras socioeconómicas del dominio masculino de ese específico orden social. Del mismo modo que no podemos resolver o suprimir la incómoda condición del binarismo sexo/género asexuándolo o haciéndolo una mera metáfora, tampoco podremos resolver el lugar asignado a las diferentes expresiones de género resignado, ignorando y abstrayéndonos de las ideologías y hegemonías que responden y habitan esos cuerpos. Althusser designa con el término interpelación el proceso mediante el cual un individuo acepta, asimila y hace propia una representación social, y ésta se convierte para ese individuo en algo real. El sexo es a menudo entendido como un asunto privado, íntimo y natural aunque en realidad es totalmente construida por la cultura según los objetivos políticos de la clase social dominante. ¿Cuáles son los objetivos de la clase social dominante mientras siga existiendo estado, sea este liberal y burgués, o socialista?

Se me presenta como menester entonces hacer otras precisiones más:

1. el sexo y su sombra, el género, son ambas construcciones históricas, contingentes, que responden tanto a las condiciones objetivas de producción a las cuales están sometidas y de las cuales dependen, como así también a las condiciones subjetivas.

2. el nomadismo de identidad demuestra cuán mudables son ambas categorías, aunque mucho de este nomadismo, en algunas de sus formas, es cómplice y reproductor de la opresión/explotación.

3. la sexualidad no se desprende nunca de la expresión de género que los cuerpos ponga en acto.

4. la sexualidad es también histórica y contingente, y responde, en parte, a condiciones objetivas de producción, tanto como subjetivas.

5. la categoría mujer no es, per se, hegemónica. Baste recordar que el movimiento piquetero en Argentina comienza con una mujer, que Brukman, la primera fábrica recuperada, es de mujeres obreras textiles, y que en Zenón, la principal miembro del movimiento FaSinPat (fábricas sin patrón), sólo trabajan un 10% de mujeres.

6. no creo que haya masculinidades y feminidades; sino “lo varón” y “lo mujer”. Bajo la categoría “varón” se encuentra cualquier expresión de identidad patriarca, hegemónica, que busque el poder, la opresión de clase, de géneros de raza. Habrá entonces varones con vaginas pero con un arreglo estético que nuestro sistema llama “femenino” (Cristina de Kirchner), como así también varones con vagina más masculinos (Michelet, Condaleeza Rice).

7. así entendido, lo varón se convierte en símbolo de la opresión y la explotación, y nunca en manifestación física/biológica de nada.

8. Los géneros, de dónde emergen las narrativas sexuales, pueden sufrir y padecer falsa conciencia.

Parafraseando a de Lauretis, recordemos que toda relación y toda práctica es un lugar de cambio potencial y de reproducción simultáneamente. Es imposible liquidar el género/sexo como idea esencialista o como idea burguesa liberal sólo pensando que un día, no muy lejano, de algún modo impreciso, y “civilizado”, las mujeres tendremos una carrera, un apellido, una propiedad, hijos maridos y/o amantes de nuestra elección, todo sin alterar radicalmente las relaciones sociales existentes y las estructuras heterosexuales (patriarcales, burguesas, capitalistas) en que nuestra sociedad solidamente enclavadas. El patriarcado y su actitud, el sexismo, no es un fenómeno nuevo producido por el capitalismo, y aunque el liberalismo burgués se ha beneficiado de él más que ninguna otro sistema, no se resolverá solo por la toma del poder por parte de otra facción de signo opuesto, sino por la atomización hasta la aniquilación total de ese poder, encarnado mayormente en el estado y en todos sus aparatos, represivos y simbólicos y en la emancipación de las mentes y los cuerpos en diferentes grados oprimidos y explotados. En cambio, el estado, el sistema que administra y controla nuestras vidas, ya sin necesidad de elementos externos, con dispositivos de control penetrantes y naturalizantes, comprende bien precisamente la subordinación de lo mujer lo que ha dado lugar a la división de los trabajos y esferas que el capital desde luego acentúan. La postmodernidad como mero discurso reconstructivo de la muerte de la razón iluminista nos lleva a creer que las cosas sólo son modificables en términos de reconciliación, resarcimiento y reivindicación (tolerancia, respeto, derechos, ley). La postmodernidad como horizonte de expectativa deseable y deseante, como proyecto que socava el poder de la razón iluminista, desacraliza los géneros, y las esencias que se tornan conceptos huecos rellenados con nuestras necesidades de lucha concreta libertaria.

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